El reto urgente de reforestar Aragón
el cambio climático. No es una acción aislada ni un gesto simbólico: es la base de la restauración de los ecosistemas
que sostienen nuestra vida, nuestra economía y nuestro bienestar.
En Aragón, los datos del IAEST muestran una fotografía reveladora: en 2020 se reforestaron 489,81 hectáreas. De
ellas, el 63% procedieron de montes privados (308,48 ha) y el 37% de montes gestionados por la DGA (181,33 ha).
La repoblación pública se realizó mayoritariamente con coníferas (77,8%), mientras que las frondosas representaron
un 22,2%.
Este aumento supone un crecimiento del 414% respecto a 2019 y del 218% respecto a 2018. Sin embargo, la
perspectiva histórica cuenta otra historia: entre 2004 y 2010, la DGA reforestaba una media de 533,6 ha al año. En
2020, apenas alcanzó 181,33 ha, lo que representa una caída del 66%.
Este descenso en el esfuerzo público es importante porque la restauración de ecosistemas requiere continuidad,
planificación y visión a largo plazo. Y ahí entran iniciativas como Retree: proyectos que integran tecnología, análisis
satelital, inteligencia artificial y medición rigurosa del carbono para asegurar que cada árbol plantado permanezca,
crezca y genere impacto real.
La urgencia es especialmente visible en provincias como Teruel, donde la pérdida de población, la degradación del
suelo y el riesgo de incendios hacen que cada hectárea restaurada cuente doble: ambientalmente y socialmente.
Reforestar no significa solo aumentar la masa forestal. Significa devolver al territorio su capacidad de regenerarse, de
sostener biodiversidad, de proteger el agua y de ofrecer oportunidades de futuro a quienes viven en él. Un bosque
nuevo es un sistema vivo que crea empleo rural, fija carbono, regula el clima local y aumenta la resiliencia del
paisaje.
Reforestar es devolver vida. Y devolver vida es, hoy más que nunca, una tarea colectiva.
Por eso, el reto más decisivo ahora es encontrar terrenos adecuados: suelos abandonados, parcelas infrautilizadas,
montes municipales que puedan convertirse en espacios de restauración. Terrenos que, con una gestión adecuada y
un proyecto sólido, puedan transformarse en bosques capaces de perdurar durante décadas.
La pregunta no es si debemos reforestar. La pregunta es si seremos capaces de hacerlo con la rapidez, la escala y el
rigor que el momento exige.