Calanda reafirma su latido en la Rompida de la Hora
La localidad turolense vuelve a congregar a miles de cofrades en una Rompida de la Hora que une al Bajo Aragón, con el primer toque del actor Antonio Resines y una tradición declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
La plaza de España de Calanda ha vuelto a convertirse este Viernes Santo en el epicentro emocional del Bajo Aragón, reafirmando una tradición que trasciende generaciones y que mantiene intacta su capacidad de conmover. La Rompida de la Hora, uno de los actos más reconocibles de la Semana Santa aragonesa, ha reunido a miles de cofrades y visitantes en un ambiente de expectación que se respiraba desde primera hora de la mañana.
A las 12.00 en punto, cuando el silencio se hizo absoluto, el actor Antonio Resines, invitado de este año, golpeó el bombo principal y desencadenó un estruendo colectivo que recorrió calles, edificios y corazones. Ese primer toque, cargado de simbolismo, volvió a transformar la plaza en una marea de túnicas moradas y blancas que latían al unísono, reafirmando un rito que forma parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
La afluencia masiva no sorprendió a los calandinos, acostumbrados a que la plaza se llene incluso una hora antes del acto. La mezcla de reencuentros, emoción y pertenencia volvió a definir una jornada que, como recuerdan muchos vecinos, “no se explica, se siente”. El presidente de la Ruta del Tambor y el Bombo, Fernando Luis Galve, lo resumió con claridad: “Aquí la gente no vuelve por Navidad, sino por Semana Santa”.
El estruendo no se limita a Calanda. Desde la medianoche del Jueves Santo, localidades como Albalate del Arzobispo, Alcorisa, Andorra, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Urrea de Gaén ya habían iniciado sus propias rompidas, extendiendo un temblor sonoro que recorre la comarca cada año. Todas ellas forman parte de la Ruta del Tambor y el Bombo, creada en 1970 como símbolo de hermanamiento entre nueve municipios que comparten una forma única de vivir y transmitir la tradición.
Más de medio siglo después, ese espíritu sigue intacto. La Rompida de la Hora continúa siendo un acto de identidad colectiva, un legado que se transmite de padres a hijos y que convierte al Bajo Aragón en un territorio unido por un mismo latido.